martes, 22 de marzo de 2016

Alejandro Magno, el hombre que cambió el mundo

Alejandro Magno fue mucho más que un militar, un conquistador y un estratega. Su forma de tratar a los derrotados, su interés por la cultura y su  inconmensurable carisma, hicieron de él una leyenda que ha llegado hasta nuestros días.

La infancia de Alejandro

Alejandro nace en julio del año 356 a.C., en Pella, Macedonia. Su padre es Filipo II de Macedonia, y su madre Olimpia de Epiro.

Su niñez no es muy feliz y transcurre entre las discusiones de sus progenitores, que pretenden llevárselo a su terreno continuamente.

Busto de Alejandro
Busto de Alejandro

Su padre es un gran militar, inteligente y astuto, pero en otro orden de cosas, gusta demasiado del alcohol, y es impulsivo y bravucón.

Su madre, posesiva y controladora, tolera muy mal a su marido y desde la más tierna infancia intenta convencer a su hijo de que Filipo no es su verdadero padre, diciéndole que en realidad es hijo del dios Zeus. Lo cierto es que la relación de sus padres le marca de una manera indeleble para siempre.




Pero en lo que a aprendizaje se refiere, le propician los mejores mentores, sabedores de que debía recibir la más esmerada de las educaciones. En un principio, Leónidas fue el encargado de guiarle. Era tío de Olimpia, aunque no le tuvo mucho cariño a Alejandro.

Pero es a los trece años cuando Aristóteles pasa a formar parte de su vida y, aunque no coinciden en algunas ideas, es quien más le marca y de quien más se empapa su personalidad.

El maestro le acostumbra de inmediato  a los más importantes poetas griegos, la Ilíada, de Homero, es un libro que ya nunca se separará del joven Alejandro. Pero también le instruye en geometría, astronomía, matemáticas, política y geografía. Asimismo, le transmite su pasión por la medicina, la zoología y la botánica.


Alejandro Magno y Bucéfalo

Filipo compra un caballo, hermoso y altivo, que le aseguran que es uno de los mejores equinos que podrá encontrar. El monarca ordena a sus hombres que lo monten y lo intenten dominar, pero uno a uno acaban estrellados contra el suelo. Filipo comienza a pensar que le han tomado el pelo, vendiéndole el caballo más salvaje que existe. Pero Alejandro lo está observando todo, solo tiene nueve años. Se acerca a su padre y le pide permiso para montar al caballo, Filipo se lo concede, convencido que va a seguir la misma suerte que sus hombres. Pero el niño se ha percatado de que el animal se asusta de su propia sombra, y por eso se pone tan nervioso. Así que se acerca a él y con un gesto rápido dirige sus ojos hacia el sol para deslumbrarlo por unos segundos, y después con la misma rapidez le monta. El caballo le acepta de inmediato, y ya nunca más se separarán.

Cuando Filipo ve a su hijo cabalgar sobre el salvaje animal, vislumbra por primera vez la superioridad de su heredero y le dice la famosa frase: “Hijo, búscate un reino que se iguale a tu grandeza, porque Macedonia es pequeña para ti”.

Bucéfalo, que así se llamó el caballo, viajó, conquistó todos los territorios y vivió la mayor de las aventuras con Alejandro y, aunque dejaba que otras personas le cuidasen, jamás permitió que nadie más le montase. Estos dos seres, a los que les unía una relación muy especial, se separan definitivamente en una batalla en tierras indias, en donde Bucéfalo cae herido de muerte. Alejandro siente que ha perdido una parte de sí mismo, y en su honor construye la ciudad de Alejandría Bucéfala.


Los afectos de Alejandro Magno

Se dice que Alejandro no estuvo nunca muy interesado en las mujeres, ni en tener descendencia, aunque se casó varias veces y al parecer tuvo dos hijos, probablemente porque debía dejar un heredero. Algunos estudiosos aseguran que era homosexual o bisexual. Lo que parece cierto es que la relación que tuvo con Hefestión toda su vida, iba más allá de la amistad. Habían crecido juntos y la complicidad entre ellos se mantuvo hasta la muerte de Hefestión, en el 324 a.C. De todos modos, hay que decir que la homosexualidad masculina estaba considerada como algo normal en aquella época.

Cuando conquista Persia y la familia del rey Darío sale a recibirlo, dicen que su anciana madre se dirige a Hefestión confundiéndole con él, ya que era más alto y atractivo. El soldado le indica con un gesto su equivocación, señalando a Alejandro que se encuentra a su lado. La anciana le mira aterrada, pero Alejandro le toma las manos, diciéndole: “No te preocupes mujer, Hefestión también es Alejandro”.

Mapa del imperio de Alejandro
Mapa del imperio de Alejandro
Hay estudiosos que aseguran que Alejandro solo se sintió verdaderamente unido a Hefestión y a su caballo Bucéfalo, y que el primero fue la única persona que llegó a entender su manera de pensar y lo que en realidad buscaba conseguir con sus conquistas.


Alejandro III de Macedonia

Filipo es asesinado, en la boda de su hija Cleopatra, por uno de sus guardaespaldas. Ese suceso catapulta al poder a un joven Alejandro con apenas 21 años, que hereda las batallas de su padre y debe lidiar con todos aquellos que no le quieren bien, y a los que va quitando de su camino sin ningún tipo de consideración.

Alejandro sale de Grecia en busca de otros mundos, de otras conquistas, y nunca más volverá. Hay autores que aseguran que también deseaba escapar de su propia vida, de su infancia, de sus fantasmas y de su madre, a la que nunca más volvió a ver, a pesar de que ella le escribía largas cartas instándole a que se volvieran a encontrar. Pero los recuerdos de su niñez eran para Alejandro tan nefastos, que nunca cedió a los ruegos de la mujer.

En su conquista de Persia, provoca que el rey Darío huya aterrorizado ante su atrevimiento y valor, pero prohíbe a sus hombres que toquen a una sola mujer de la familia o del harén del derrotado rey, cosa que no aceptan ni entienden bien sus soldados.

En tan solo once años, Alejandro Magno conquista Asia Menor, El Levante Mediterráneo, Mesopotamia, Egipto (donde fue nombrado faraón), Persia, Asia Central, la India…

Cuando funda la ciudad de Alejandría, en Egipto, ordena a Ptolomeo, que es uno de sus generales, que  escoja a varios hombres y vayan con barcos por todo el Mediterráneo localizando rollos de papiro para llevarlos a la biblioteca y copiarlos. Pretendía que en esa biblioteca se concentrase todo el saber, toda la sabiduría que estaba esparcida por el mundo. Se dice que incluso había un libro que aseguraba que la Tierra giraba en torno al sol. No hay que olvidar que estamos en el siglo IV a. C.


El final de Alejandro Magno

Tantos años de guerras y conquistas, le pasan factura al rey macedonio. Llega un momento en que sus hombres le desobedecen, agotados y hastiados de tanta lucha, negándose a continuar avanzando en busca de nuevos y desconocidos territorios.

Alejandro muere en el 323 a.C., no sobrevive a su querido Hefestión ni siquiera un año. Las causas de su muerte son confusas: envenenamiento, complot de sus soldados, infección de una de sus tantas heridas… Lo cierto es que muchas personas querían ver muerto al rey de Macedonia.

Cuando vence a los persas en la batalla de Gránico, adopta una actitud humana y generosa, se interesa por los heridos y otorga honores de guerra a los generales caídos.

Cuando expulsa a los persas de Egipto, entrega a los sacerdotes de nuevo sus templos y su poder, al mismo tiempo que respeta sus creencias y sus costumbres religiosas. Por todo ello le convierten en faraón.

Camafeo de Alejandro Magno representado como Zeus-Amón
Camafeo de Alejandro Magno representado
como Zeus-Amón
Esa actitud con los vencidos desconcertaba tanto a sus enemigos, como a sus propios hombres. No quiere decir esto, que sus guerras no fuesen crueles y sangrientas. Alejandro era hijo de su tiempo, y entonces el honor más grande para un hombre se ganaba luchando en el campo de batalla. Pero una parte de su mente transcendía todo eso e iba más allá de conquistar por conquistar, también quería civilizar, procurar cultura, instaurar la paz en territorios donde las guerras eran perennes.



Alejandro murió con tan solo 33 años, pero ya había transformado el mundo y se había convertido en una leyenda. Cuando él desapareció todo volvió a ser como antes, guerrear para conseguir riquezas, conquistar territorios y someter a los vencidos. Nada más se perseguía ya. Porque las personas grandes, no siempre dejan herederos capaces de estar a su altura.

Sin embargo, Alejandro Magno dejó una estela tras de sí, y es el espejo en el que se han reflejado multitud de personajes de todos los tiempos. La leyenda y el hombre se funden y continúan vivos en pleno siglo XXI.


Beatriz Moragues - Derechos Reservados


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