Ulises, también conocido como Odiseo, no brilla por la fuerza de su espada ni por su astucia militar, sino por su inteligencia y su ingenio. Fue esa inteligencia, más que cualquier otra cosa, la que le permitió sobrevivir a la Guerra de Troya. Pero su verdadera odisea comienza después, en el largo y tortuoso regreso a Ítaca, su patria, donde lo esperan Penélope y Telémaco. A lo largo de ese trayecto, plagado de pruebas, Ulises se convierte en símbolo del ser humano enfretado a los desafíos de la existencia. No es solo un héroe griego, es el arquetipo del alma errante que busca volver a casa.
El anhelo más profundo de Ulises es regresar a Ítaca y reencontrarse con Penélope, su esposa, y con Telémaco, el hijo que apenas conoce. Tras la caída de Troya emprende el camino de vuelta y hace escala en Tracia, donde él y sus hombres saquean la ciudad de los cicones. Sin embargo, la victoria es efímera. Al caer la noche, los cicones ausentes regresan y, con furia implacable, se lanzan sobre los invasores. La batalla es sangrienta, y muchos compañeros de Ulises encuentran allí su fin. Así comienza su largo viaje de regreso, teñido de pérdidas, desafíos y una constante tensión entre su deseo de volver al hogar y las fuerzas que lo alejan de él.

Tras escapar con vida de Tracia, se ven arrastrados por los vientos hacia una tierra aún más inhóspita: el país de los cíclopes. Allí habitan gigantes solitarios, de fuerza descomunal y un solo ojo en la frente, cuya dieta incluye carne humana. Buscando hospitalidad, los hombres se internan en una cueva que resulta ser la morada de Polifemo, hijo del dios Poseidón. Cuando el cíclope regresa y descubre a los intrusos sella la entrada con una enorme piedra y devora a varios hombres, condenando a los demás a una prisión sin salida. El ingenio de Ulises será, una vez más, la única esperanza para escapar de una muerte segura.
Escapando de Polifemo
La esperanza de Ulises se desvanece cuando al amanecer Polifemo devora a otros dos de sus hombres, repitiendo el acto brutal al caer la noche. La cueva se convierte en un escenario de horror y el héroe comprende que la astucia será su única arma. Con la intención de embriagar al cíclope, le ofrece el vino que lleva consigo. Polifemo, encantado con el sabor, exige más y, entre risas torpes, promete a Ulises que lo dejará para el final, será el último en morir. Antes de sucumbir al sueño, le pregunta su nombre. Ulises, con inteligencia, le responde: mi nombre es Nadie.

Cuando el cíclope cae en un sueño profundo, Ulises y sus hombres aprovechan el momento para clavarle una estaca que perfora su único ojo, dejándolo ciego al instante. El grito de Polifemo retumba en la cueva como un trueno y su furia alerta a los demás cíclopes, que acuden alarmados a la entrada de la cueva, preguntándole quién le ha hecho daño. Polifemo, aún aturdido por el dolor, el vino y el engaño, responde: Nadie. Confundidos por la respuesta, los gigantes se retiran, dejando a Ulises y a sus hombres con una oportunidad única para salvar sus vidas.
Al despuntar el alba, Polifemo, ciego y desorientado, retira la piedra que sella la entrada y deja salir a las ovejas que guarda en la cueva, palpando solo el lomo de cada una para comprobar que ningún hombre escapa montado sobre ellas. Pero Ulises ha atado a cada uno de sus hombres bajo el vientre del carnero central de un grupo de tres, fuera del alcance de las manos del cíclope, y él mismo se aferra al vientre del carnero más grande del rebaño. Así, uno a uno, los supervivientes logran salir de la cueva sin ser detectados. La astucia del héroe, una vez más, se impone a la fuerza bruta.
El dios de los vientos
Tras escapar de la cueva de Polifemo, Ulises y sus hombres se dirigen a la isla flotante de Eolo, señor de los vientos. El dios, en un gesto de hospitalidad, les concede una brisa suave y constante que los guiará hacia Ítaca, como si el destino por fin les sonriera. Además, les entrega un odre mágico que contiene todos los vientos del mundo, para que puedan liberarlos si el viaje lo exige. Pero como en toda odisea, incluso los dones divinos pueden volverse en contra si no se manejan con prudencia.
Ulises, confiado y vencido por el cansancio, se entrega al sueño pensando en una Ítaca ya cercana. Pero no todos comparten su serenidad. Algunos de sus hombres, cansados por el viaje y cegados por la codicia, creen que el odre que Eolo les ha entregado guarda tesoros materiales. Movidos por el deseo de hallar oro y riquezas, desatan el hilo de plata y liberan al mismo tiempo todos los vientos. En un instante, la calma se convierte en tormenta y el barco es arrastrado de nuevo lejos de su destino, hacia la tierra de los gigantes.

Agotados por el viaje, los barcos atracan en el puerto, buscando descanso. Pero Ulises, guiado por su instinto que ya le ha salvado antes, decide permanecer en alta mar, observando desde la distancia. Y no tarda en ver el peligro. Un grupo de gigantes, desde lo alto de las montañas, lanzan enormes rocas contra las embarcaciones, destruyéndolas por completo. Solo el barco de Ulises, que no ha tocado puerto, se salva del desastre. Sin perder tiempo, él y los pocos hombres que le acompañan emprenden la huida.
La siguiente parada los lleva a la isla de Eea, donde algunos de los hombres de Ulises se aventuran en busca de la morada de Circe, la hechicera de voz dulce y mirada profunda. Ella los recibe con aparente hospitalidad, los invita a su palacio y les ofrece un banquete digno de reyes. Pero Euríloco, más cauto que el resto, se queda atrás, inquieto ante tanta cortesía. Su intuición no le falla, apenas termina el festín, Circe alza su varita encantada y transforma a los hombres en cerdos. Euríloco, testigo oculto del hechizo, huye sin ser visto y corre a advertir a Ulises de lo ocurrido.
Ulises acude al rescate de sus hombres y se encuentra con Hermes en el camino, quien le da una hierba protectora para inmunizarlo contra la magia de la hechicera. Se enfrenta a Circe, que intenta transformarlo también a él, pero ve que no funciona. Entonces se rinde y Ulises, con la espada en mano, la obliga a jurar que no le hará daño antes de aceptar quedarse con ella.
Beatriz Moragues
Para saber más
Es una historia que siempre me ha fascinado. Me encanta. Un abrazo
ResponderEliminarHola, Nuria. Muchas gracias por tu comentario. La verdad es que esta historia tiene una fuerza simbólica enorme, quizá por eso resulta tan fascinante.
EliminarUn abrazo 🤗
Hola, Beatriz, qué bonita historia, Ulises es la magia de la literatura no hay duda. Todavía recuerdo hasta la serie de dibujos que había cuando era pequeña. Muy bueno. Genial tu artículo para recordar sus aventuras. Gracias.
ResponderEliminarUn abrazo. :)
Hola, Merche. Muchas gracias por tu comentario. Ulises es, sin duda, uno de esos personajes mitológicos que cruzan generaciones. Y que bonitas algunas series de dibujos animados que hacían antes, que además de entretenidas, eran educativas.
EliminarUn abrazo 🤗