Sofonisba Anguissola es un caso singular en la historia. Fue pintora en la corte de Felipe II, reconocida y admirada por sus contemporáneos y dedicada a lo que más amaba: la pintura. Logros que en pleno siglo XVI eran difícilmente alcanzables por una mujer. Sin embargo, la constancia y el talento de nuestra protagonista le permitieron vivir una vida alejada, en parte, de los convencionalismos y cercana a sus propias inquietudes.
De familia noble y bien posicionada, Amilcare quiere dar a todas sus hijas la misma refinada educación que recibe su único hijo varón, Asdrubale. En este punto, es de justicia romper una lanza a favor de algunos hombres que viviendo en épocas profundamente machistas, donde la mujer estaba confinada al hogar y a la obligación de tener descendencia, optan de un modo contundente por ofrecer educación y cultura a sus hijas. Sofonisba no es el único caso. También se puede citar a otras mujeres relevantes como Hipatia de Alejandría, que accede a conocimientos vetados para ella simplemente por pertenecer al sexo femenino.
Sofonisba viaja a Roma
Con tan solo catorce años ya se adivina su gran talento para la pintura. Transcurre el tiempo y tiene la oportunidad de contactar con el gran maestro del momento: Miguel Ángel. Cabe imaginar su nerviosismo. Es un pintor al que admira y sabe que es una referencia indiscutible como artista. Que vaya a molestarse en opinar sobre sus cuadros es casi un sueño hecho realidad.
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| Retrato de la madre de Sofonisba Anguissola, pintado por ella |
Sofonisba viaja a Roma en 1554, donde algunas fuentes sitúan un encuentro con Miguel Ángel. Otros historiadores sontienen que la relación con el maestro fue, en realidad, por correspondencia a través de su padre. Miguel Ángel observa su obra con interés y descubre de inmediato el gran talento de la pintora. Pero quiere averiguar más, ver hasta dónde llega su pericia con el pincel y le sugiere que dibuje a un niño llorando. Sofonisba empieza ese mismo día el cuadro y dibuja a su hermano pequeño Asdrubale. Cuando Miguel Ángel lo ve terminado, decide de inmediato ayudarla a mejorar su técnica. Eso sí, de una manera informal al ser una mujer.
Eso no apaga, sin embargo, el entusiasmo de Sofonisba, que aprende rápidamente de la orientación de su reputado maestro. En el entorno artístico corre la voz de que el gran Miguel Ángel guía a una pintora con mucho talento, y el interés por su obra crece. Empieza a vender cuadros y a hacerse un nombre, hasta el punto de que el mismo Papa Julio III adquiere uno de sus autorretratos.
Sofonisba Anguissola y Felipe II
Han pasado cuatro años. Estamos en 1558, y Sofonisba viaja a Milán. Allí conoce al duque de Alba, que ha escuchado tantos elogios sobre la artista que le pide que le haga un retrato.
En esos tiempos, el duque de Alba, impresionado por el talento de Sofonisba al conocerla en Milán, insiste ante Felipe II para que la lleve a la corte. De este modo, Sofonisba Anguissola es invitada a la corte española y se convierte en dama de honor de la reina Isabel de Valois y en pintora de la corte, colaborando en alguna ocasión con el pintor de cámara de Felipe II, Alonso Sánchez Coello. Su entrada en la corte española dispara su fama y comienza a pintar cuadros para personalidades de la nobleza.
La reina Isabel fallece en 1568, pero Sofonisba todavía se mantiene un tiempo más en la corte por el aprecio que el rey le profesa. Está rozando los cuarenta años y sigue soltera, por lo que Felipe II se dispone a buscarle un marido adecuado. El elegido es Fabrizio de Moncada, noble siciliano vinculado a la familia del virrey de Sicilia. Los esposos parten hacia Italia y Sofonisba se dedica a su marido y a su casa, dejando un poco de lado su pasión por la pintura. Años después queda viuda y decide regresar a Cremona, junto a su familia.
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| Retrato de Felipe II, pintado por Sofonisba Anguissola |
La reina Isabel fallece en 1568, pero Sofonisba todavía se mantiene un tiempo más en la corte por el aprecio que el rey le profesa. Está rozando los cuarenta años y sigue soltera, por lo que Felipe II se dispone a buscarle un marido adecuado. El elegido es Fabrizio de Moncada, noble siciliano vinculado a la familia del virrey de Sicilia. Los esposos parten hacia Italia y Sofonisba se dedica a su marido y a su casa, dejando un poco de lado su pasión por la pintura. Años después queda viuda y decide regresar a Cremona, junto a su familia.
Pero el destino, caprichoso como de costumbre, tiene otros planes. En el mismo barco que toma para regresar a su ciudad natal, conoce a Orazio Lomellini, un marino mucho más joven que ella. El amor surge de inmediato entre ellos y deciden formalizar su unión. La diferencia de edad y de estatus social provoca que su familia rechace esa relación, pero ellos siguen adelante. Se casan y compran una enorme casa en Génova, donde Sofonisba instala su estudio para pintar y retomar así su gran pasión.
La pintora Sofonisba Anguissola
Se la considera la primera mujer del Renacimiento reconocida como artista profesional, precursora del camino que después seguirían pintoras como Artemisia Gentileschi o Barbara Longhi. Se conservan unas cincuenta obras suyas, tres de ellas en el Museo del Prado. Durante mucho tiempo fueron las únicas firmadas por una mujer en toda la colección del museo. Actualmente ya encontramos pinturas de Clara Peeters, Angelica Kauffmann y Rosa Bonheur.
Muchas de sus pinturas se atribuyeron a otros pintores erróneamente y ha sido gracias al paso del tiempo y a las investigaciones que se ha podido hacer justicia con esta pintora.
Sofonisba Anguissola fallece a los 93 años, en Palermo. Fue una mujer valiente, que creyó en sí misma lo suficiente para perseguir su pasión y dedicar toda su vida a la pintura, y además casarse con un hombre de rango social inferior y mucho más joven, rompiendo convencionalismos de la época. Tras su muerte, cae en el olvido más absoluto, atribuido probablemente al machismo imperante de la época. Hay quienes también apuntan a una especie de castigo, por atreverse, siendo mujer, a alcanzar la fama como artista y a desafiar las normas sociales en su vida sentimental.
Beatriz Moragues




Muy buen artículo, desconocía que ese cuadro de Felipe II tan famoso era de Sofonisba. Muy buena e interesante información. Saludos.
ResponderEliminarMuchas gracias, Ana. Saludos!!
Eliminar¡Hola, Beatriz!
ResponderEliminarQué maravilla acompañar a Sofonisba Anguissola de tu mano. Has logrado que cada etapa de su vida se lea como un pulso firme contra los límites que le impusieron, y eso emociona. No como figura lejana de museo, sino como mujer viva, decidida y rebelde en un mundo que la prefería callada y decorativa.
Me ha gustado mucho cómo introduces la figura del padre sin idealizaciones, pero dándole su lugar como cómplice de un futuro improbable. Y la escena con Miguel Ángel… qué bien contada, con ese nervio adolescente y la emoción contenida de quien sabe que algo importante está a punto de empezar.
El tramo final me ha removido especialmente. La historia de amor tardía, el estudio en Génova, el olvido injusto… y ese autorretrato a los 78 años que lo dice todo. Tu texto tiene ritmo, tiene alma y sobre todo tiene algo esencial: no escribe sobre una artista, escribe con ella.
Gracias por rescatarla con tanta dignidad. Y por recordarnos que ser valiente no siempre es alzar la voz: a veces es sostener un pincel y no soltarlo nunca.
Un abrazo muy grande.
Hola, Miguel. Muchas gracias por tu comentario. Esta mujer fue para mí una auténtica revelación, porque apenas la conocía. Documentarme para el artículo se convirtió en un viaje emocionante, donde no solo encontré a una pintora extraordinaria --que ya intuía- sino también a una mujer audaz, inconformista y decidida a vivir su pasión, tanto profesional como personal, en un mundo que rara vez les concedía a las mujeres un espacio propio.
ResponderEliminarQuise destacar también la figura de su padre, porque me resulta admirable cuando, en sociedades cerradas y profundamente patriarcales, algunos hombres eligen no limitar a sus hijas, sino impulsar su talento y darles el lugar que merecen. Son gestos que, por inusuales, adquieren un peso especial y me parece justo reconocerlo.
Un abrazo enorme, y que nunca falten lienzos donde plasmar nuestros propios sueños 🎨✨